El Delibes ecologista cumple cien años revalidando su actualidad.

Parece que el recientemente fallecido Quino nunca dibujó a Mafalda diciendo eso de «Paren el mundo que yo me bajo», pero Delibes si que acabó con un ¡Que paren la Tierra, quiero apearme! su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua en 1975. Este discurso, que reflexiona sobre el sentido del progreso en la obra del escritor, está recogido en un pequeño librito titulado «Un mundo que agoniza» y que encontré este verano en una librería de segunda mano en un pueblecito de Cantabria. Hoy, el día en el que celebramos el centenario de su nacimiento, he dedicado la mañana a leerlo.

Lo único positivo de lo pertinente y actual que resulta su discurso ecologista hoy en día es que han pasado más de cuarenta años y el planeta resiste. Pero seguimos en el mismo punto: «El hombre, ciertamente, ha llegado a la Luna pero en su organización político-social continua anclado en una ardua disyuntiva: la explotación de hombre por el hombre o la anulación de individuo por el Estado.» (p. 26)

Considera que el progreso tal como lo entendemos, no sólo siempre lleva implícito un retroceso (el culetazo), sino que implica una minimización de las personas, convirtiendo al ser humano en una pieza más- e insignificante- de este ingente mecanismo que hemos montado (p. 41). Nuestro progreso intenta doblegar la naturaleza, es competitivo y genera personas ambiciosas y cortoplacistas.

Si durante toda la historia de la humanidad hemos temido vivir sobre un volcán y hemos buscado evitarlo, ahora nos hemos construido nuestro propio volcán, de diseño, claro, sobre el que vivir. Y nos hemos acostumbrado a ello hasta tal punto que jugamos a encenderlo (p.81).

Aún siendo optimista por naturaleza, hay afirmaciones del taciturno y pesimista castellano con las que me he sentido reflejada. Preocupado por el hecho de que sus conciudadanos cada vez renuncien más a caminar para utilizar el coche (¡en el Valladolid de los setenta!), señala que más allá de la contaminación, el coche convierte a sus conductores en un ser «duro, insolidario, hermético y agresivo» (p. 97). ¡Y seguimos cediendo espacio público a máquinas de más de dos toneladas, sin ser capaces de organizarnos para recuperar las ciudades para las personas!!

Delibes habla de nuestro déficit de naturaleza, que el constata también por la falta de vocablos del ambiente rural que denominan pájaros, árboles, animales, aperos y costumbres en el diccionario (p.154). Él intentó corregirlo, no sólo con sus libros sino desde su sillón de la e en la Real Academia, aunque parece ser que con poco éxito.

También es un pionero de la lucha contra la España vaciada. Como niña sin pueblo, Delibes me dice que soy poco más que «una inclusera». Los nacidos en ciudad no gozamos de raices sólidas, todo muta y gran parte de lo que nos rodea no nos sobrevivirá. Quiero pensar que ser de Salamanca amortigua un poco ésto…

Delibes tampoco ve luz en las soluciones propuestas por los países en sus cumbres internacionales, como nos sigue pasando ahora. La fórmula del decrecimiento y de la vuelta a procesos productivos más artesanales le resulta ingenua, poco realista e injusta para aquellos que no han participado de los beneficios del consumo, que viven en la miseria en muchos casos absoluta. Él no veía cercano el fin de la sociedad de consumo, hoy no parece ni mucho menos que esté más cerca.

Delibes, aunque se define como pesimista, se atreve a plantear su propio camino. Este camino pasa por ensanchar la cosecha moral universal (p. 164). Solo un «hombre nuevo humano, imaginativo, generoso sobre un entramado social nuevo sería capaz de afrontar con alguna probabilidad de éxito un programa restaurador y de encauzar los conocimientos actuales hacia la consecución de una sociedad estable» (p.150).

Exposición conmemorativa del centernario de Delibes en la Isla del Soto (Santa Marta)

Hoy he pasado un agradable día de cumpleaños con Delibes, que me ha recordado la lectura de sus libros durante mi adolescencia. La semana pasada también me lo «encontré» en la Isla del Soto, bonito parque de Ribera de Santa Marta destino de otras mañanas de sábado. Hoy no podría haber ido hasta alli, ya que Salamanca vuelve a estar confinada. Paradojas y lecciones de este 2020 de tu centenario, Don Miguel.

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